jueves, 6 de noviembre de 2014

Entrevista con la abuela. Por: Ricardo Rodríguez.

“Salvando vidas me di cuenta que si tenía un propósito en la vida”

Alberto Rodríguez, el medico de un rinconcito de Cundinamarca

“Estuve a punto de dejar la universidad, un milagro me salvo de cometer el que podría haber sido el error de mi vida.”

Por: Ricardo Rodríguez.

Algún día en el año 1929 en el techo de una familia pudiente de un municipio de Cundinamarca, llamado Guasca, nacía un niño que desde muy pequeño tuvo sus convicciones claras sobre lo que concernía a su futuro, soñador desde cuna y amante a la medicina desde que tiene sentido común, amorío que 25 años después logró cumplir.
Alberto Rodríguez Botiva, el segundo hijo de catorce hermanos, desde muy pequeño se vio obligado a abandonar su hogar, su colegio estaba situado en Bogotá y Guasca quedaba a una hora de este, problema que fue su cruz y maldición, lo ayudó a ser independiente pero también lo conllevó a que se topara con malos caminos que casi acaban con su vida.
Graduado de la Universidad Nacional de Colombia en la facultad de Medicina, papá de cinco hijos, esposo de Amparo Sabogal de Rodríguez y querido por un pueblo que está profundamente agradecido con este doctor que a sus 85 años de edad aún brinda sus servicios como si estuviera en la etapa de su juventud.
Suena el despertador y sin pereza alguna empieza en día que seguramente tendrá muchas sorpresas, llega a su consultorio que se ha vuelvo casi su segundo hogar, en el que recibe más pacientes que el mismo puesto de salud del pueblo, y ve a su nieto con un cuaderno y un esfero listo para empezar un fantástico viaje de recuerdos, toma un sorbo de café caliente, se acomoda en el sofá, se coloca los audífonos para escuchar mejor y esbozando una sonrisa sus labios expresan la palabra mágica de toda entrevista: empecemos.

En la infancia
A los cinco años de edad se puede decir que tuvo su primera aproximación con la medicina, cuando su hermano mayor estaba cortando el césped del patio con la máquina podadora y por alguna equivocación se quitó un dedo con el aparato en pleno acto, él estaba a su lado y quedo en shock, no existían médicos en el pueblo en esos años solo se podían encontrar en Bogotá, así que llamó a su papá y al ver la gravedad de la situación se vieron obligados ellos mismos cocer el dedo y ponerlo en su lugar, no quedó del todo bien, en realidad nunca pudo mover el dedo de nuevo pero al menos quedó completo, desde ese trágico momento se dio cuenta que la sonrisa que las personas expresaban al ver que todo había pasado era tan satisfactorio para el que a los ocho años el pueblo ya lo apodaba como el futuro médico del pueblo, ya que habría ayudado a más de quince personas.
A los nueve años tuvo que mudarse a Bogotá, sus padres querían un futuro prometedor para él y en su pueblo no lo encontraría, fue una noticia dura para él, no sabía que era vivir en una gran ciudad y menos con unos tíos que no conocía muy bien, entro a estudiar en un colegio franciscano llamado el Virrey Solís, le costó adaptarse a la ciudad, aunque el colegio le gustaba, era campestre algo que le hacía recordar a su pueblo.
Siete años después se mudó a un apartamento solo, quería experimentar que era vivir solo, sus padres no tuvieron problema alguno en su petición y accedieron a su idea, al fin y al cabo ser independiente no era mala idea, se mudó a 30 minutos de donde sus tíos, a decir verdad, no fueron tan chéveres esos años donde sus familiares y quería estar lo más lejos posible.
Sus primeros días de acogida fueron los peores, no tenía ni la menor idea de los quehaceres de la casa, estaba acostumbrado a que todo se lo hicieran y todo era todo, si, hasta tender la cama desconocía, pero acá se estrelló, tuvo que aprender a cocinar, lavar y… bueno, con la cama nunca pudo, pero no le importaba, hasta el día que tuvo su primera visita, era su novia, una chica que había conocido en el colegio y habían quedado a preparar algo en casa y si se hacía tarde dormir hasta el otro día, cuando llegó Alberto se emocionó. En su mente había una comida diferente, no era nada de pastas o lasaña que era en lo que habían quedado a preparar, él tenía entre ojos comer… bueno, la persona que acababa de llegar era la perfecta para su primera vez, entrar en detalles sería volver el escrito erótico y no es la idea, pero sí, sí pasó y también ocurrió que después de eso, esperaba su primer hijo.
La noticia no la recibió nada bien, mantener un niño era una tarea difícil y contarles a sus padres era como cuando juegas un juego de video y te sale la opción más allá de difícil, I-M-P-O-S-I-B-L-E, no era la etapa para echarse a perder pero luego de saber la desgracia (así le decía el, sin saber que mucho después sería una de las luces de sus ojos) empezó a consumir drogas con tal frecuencia que a las tres semanas un guardia del sector llamo a los padres de Alberto, no se sabe cómo se consiguió el número, (han pasado casi más de cuarenta años y es un acertijo sin resolver), pero bueno sigamos, llamaron a sus padres informándoles que su hijo no se había ni asomado en la puerta los últimos veinte días y los padres preocupados salieron pitados hacia Bogotá preocupados por lo que le hubiera podido pasar, ya no veían tan buena la idea de que viviera solo, pero no era tiempo para quejarse. 
Llegaron a la casa no mucho más de las ocho de la noche y se sorprendieron de que todos los focos estuvieran prendidos, una llama de esperanza se encendía en sus corazones, abrieron la puerta (pues tenían las llaves, en esa casa había vivido su padre cuando era joven) y lo que encontraron les paralizó el cuerpo, estaba Alberto tendido en el piso irreconocible, tenía unas ojeras más grande que sus cachetes, una barba de más de una semana, cosa que no acostumbraba a tener, no le gustaban ni cinco las barbas, y estaba tirado en el piso dormido, por el olor de la habitación se pudo saber que las drogas tenían un fuerte protagonismo en esta situación, el papá lo revisó y supo que debía llevarlo volando a la clínica, hoy en día cuenta que si su padre no lo llevaba ese mismo momento, de seguro habría muerto.
Despertó en una habitación tan blanca que le dio miedo, creía que estaba muerto, pero casi de inmediato su papá entró por la puerta y al verlo no pudo hacer más que sonreír, se sentó a su lado y lo abrazó, a pesar de lo que había pasado era su hijo, y siempre lo amaría. Veinte minutos después, cuando el padre lo vio en condiciones de entablar una conversación, cerró la puerta y la charla empezó. Tristezas, felicidad y un sinfín de emociones salieron a flote en casi tres horas de plática, el padre se enteró de que iba a convertirse en abuelo, Alberto se comprometió a entrar en rehabilitación, y por fin  en mucho tiempo se alcanzaba a ver la luz al final del túnel.
Ocho meses después, un siete de noviembre de 1953, en un hospital cualquiera, recibia la mejor noticia de su vida, su hijo había nacido, (ya no era una tragedia, sus padres lo habían aceptado y ese era la razón del miedo) al verlo no hizo más que llorar, le dio un fuerte beso a su novia y luego fue a la iglesia, le había prometido a su madre asistir y agradecerle a Dios por todo, y así fue, le dio las gracias por los cambios positivos que había adquirido su vida, por su hijo, por su familia, por salir del mundo de las drogas, y finalmente por ir de maravilla en su carrera, tenía más que nunca las ganas de ser un gran médico.
Cinco años después, luego de haber terminado la Universidad, hizo una reunión en su casa, ya sus padres no estaban, su papá dos años después del nacimiento de su hijo había muerto de trombosis y la madre murió hace seis meses de un cáncer que acabó con su vida, pero eso día en frente de todos sentía la presencia de ellos más que nunca, sentía a sus padres a su lado, y lo confirmó cuando después de dar las gracias a todos por asistir, se fue a su cuarto y un fuerte olor característico de ellos inundó la alcoba, pensó en voz alta y expresó las gracias a la habitación vacía, se despidió y el olor desapareció.
Decidió casarse con la madre de su hijo, al cual llamó Carlos Alberto, lo hizo por la iglesia, y casi quince años después tenía su vida organizada, logro conseguir cinco hijos en total, se mudó a su pueblo natal en el cual construyo una casa encima de la de sus padres, y creó su consultorio (el cual se convertía en el primer consultorio independiente del pueblo), pero no solo trabajó ahí, se desplazada diariamente ente Guasca, Bogotá y Guatavita, no era por nada, pero todos los hospitales peleaban por él, al final tuvo que partir su tiempo.
Se me acaba la tinta del esfero y le digo que es suficiente, la historia que había escuchado me había impactado, explicó por qué no me lo había contado antes y no hace más que  sonreír, toma un sorbo de café, no dice ni una sola frase, va al baño y al volver me dice: no quiero que me pierdas el respeto y  vuelve a sonreír, un intervalo de sonrisa llena de amor y recuerdos, aunque no hayan sido los mejores, eran de su vida y de seguro no los cambia por nada, eso construyó la persona que es hoy en día, el médico cirujano, Alberto Rodríguez Botiva.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario