jueves, 6 de noviembre de 2014

Entrevista con la abuela. Por: Margarita Name

La determinación  para  decir las cosas sin rodeos la caracterizaban

En memoria de una mujer  valiente y decidida

Su personalidad era una mezcla de culturas.


Por: Margarita Name L.

Margarita Yamile Dau David, nacida en 1934 e hija de padres libaneses que llegaron a estas tierras en busca de un mejor porvenir, era una mujer que se consideraba a sí misma como una mezcla de culturas teniendo la elegancia de las mujeres de oriente y la alegría de los habitantes del Caribe. A pesar de que su nombre representa fortaleza y gran personalidad, siempre se cuestionó acerca de las razones por las cuales sus padres que siendo originarios de tierras lejanas le colocaran un nombre latino.
La determinación    e iniciativa para afrontar los problemas y  decir las cosas de frente sin pelos en la lengua la caracterizaban. Para ella, lo más importante era la franqueza aunque consideraba que la hipocresía en  algunas ocasiones era un mal necesario.
“Uno de mis más cercanos amigos me apodaba como la ministra de guerras porque yo nunca me quedaba callada y si tenía que decir de una vez que no me gustaba una cosa lo hacía y punto”. Narraba  entre risas que decir las cosas sin rodeos le causó uno que otro dolor de cabeza a su madre quien a diario le inculcaba valores y comportamientos característicos de una señorita de su edad pero le hacía caso omiso y siempre estaba involucrada en riñas escolares.
Margarita, hasta sus últimos días luchaba por vivir y seguir adelante. Durante su enfermedad nunca se rindió, ni preguntó cómo estaba su salud porque la llama de la esperanza siempre estuvo viva. Tampoco le tenía miedo a la muerte porque era creyente en Dios y sabía que si sus ojos se cerraban para siempre iba a descansar en su gracia. Lo único que pedía era quince rosas rojas encima de su cajón y ni una sola lágrima. 


Su niñez
Nació en Santa Marta el 10 diciembre de 1934, siendo la segunda hija del matrimonio de Naishla David y Miguel Dau, un par de libaneses que arribaron a estas tierras con pasaporte turco en busca de una mejor calidad de vida. Con el afán de encajar en la tierra que los acogió, decidieron colocarles nombres latinos a casi todos sus hijos, cosa que Margarita se cuestionaba de forma frecuente a pesar de que su nombre significaba fortaleza. “Cuando me presentaban a algún paisano siempre me encontraba con  nombres como Alí, Jouseff o Salua y el mío era el más común de todos. A mis hermanos les colocaron José, Jorge, Lourdes y María Helena a excepción de Salim, el consentido”.
Su infancia se caracterizó por los arduos cuidados de su madre y por la mezcla de culturas en las que estaba inmersa. Sus primeras palabras las aprendió tanto en español como en árabe porque su padre poco hablaba español.  En su época de escuela era rebelde,  y en el centro del patio central de La Presentación, colegio en donde cursó hasta quinto de primaria,  daba  un colosal y particular discurso que ponía de cabeza a la institución y a las monjas que aunque la dejaban culminar sus argumentos, después la tomaban de las trenzas y le daban golpes en las manos con regla de madera.
“Yo no me quedaba callada porque sentía que iba a explotar y si veía algo que no me gustaba de las monjas esas, yo me iba para el patio y comenzaba a gritar como los políticos. Nunca estuve de acuerdo con lo que ellas decían pero sé que en el fondo les gustaba mi actitud”, comentaba entre risas.  Su madre estuvo en total desacuerdo con su rebeldía y todos los días les daba lecciones de buenos modales que al llegar al colegio se le olvidaban viéndose involucrada en riñas, y la causa principal era porque molestaban a su hermana Lourdes por estar subida de peso. Nadie podía decirle ‘mantequita’, excepto ella.

Adolescencia
Su adolescencia transcurría en cortos pero productivos viajes, especialmente a Maicao en donde su padre comercializaba alimentos para abastecer su almacén, lo cual le fue beneficioso para conocer gente y ampliar su círculo social porque Margarita era sociable.” Siempre hay que tener amistades en todos lados, eso te abre puertas”, decía.
Tener tantas amistades, le causó algunos problemas puesto que si estaba en casa y llegaban a buscarla, ella ni corta ni perezosa se iba a recorrer el departamento del Magdalena, dejando a medias una labor del hogar, lo que enfurecía enormemente a su madre quien en un comienzo salía a buscarla con correa en mano, pero cuando se enteraba que se había ido tan lejos, no tenía más remedio que esperarla y darle un castigo ejemplar que ya no eran golpes ni sermones eternos.       “Cuando regresaba de Plato o de Guamal mi mamá me recibía con mucha seriedad .No me pegaba ni me regañaba, solo me decía que no iba a salir sola ni a la tienda y eso me enfurecía mucho pero llegaba tan cansada que no tenía fuerzas para refutar”.
Entre viajes sorpresa y amistades nuevas aprendió a fumar sin pensar que esto le ocasionaría problemas a futuro. A donde iba compraba prendas y las alojaba en baúles que conservaba hasta sus  últimos días porque le recordaban aquellos momentos en donde se sentía joven y llena de planes. Entre sus objetos más preciados se encontraba un delicado rosario hecho en filigrana comprado en Mompox, un par de aretes con diseño precolombino y una pulsera con el ojo de EL Cairo que fue un regalo de uno de sus más cercanos amigos.
Margarita, no solo se dedicó a coleccionar joyas y a tener amigos; también generó amores y odios a su paso. Las riñas siempre estuvieron a la orden del día porque nunca faltaba un problema o alguien que quisiera molestarla o molestar a sus seres queridos. Entre una de sus tantas anécdotas, recuerda que en una fiesta en donde estaba invitada ella y sus hermanos  hubo una joven que los miraba de reojo y que en la mitad de la celebración  comenzó a hablar mal de los árabes afirmando que solo vinieron desde lejos para estorbar y hacer bulto en esta tierra. Margarita trató de pasar por alto el incidente para no dañar el festejo y no avergonzar a sus hermanos, pero la intransigente joven pasó cerca de ella y le derramó un jugo frutas en su vestido lo cual colmó su paciencia y la tomó de sus rizos arrastrándola por todo el salón hasta que el cumplimentado las separó y la bautizó como la ministra de guerras, apodo por el que fue conocida entre sus más cercanos amigos  toda la vida.
La combinación entre elegancia y fuerza atraía a muchos muchachos quienes la pretendían y la visitaban de forma frecuente haciéndole regalos o invitaciones a caminar por las playas de la ciudad. Cuenta que su padre era de pocas palabras y solo le recomendaba que supiera escoger con calma a la persona con la cual quería compartir su vida. No era celoso ni machista a pesar de su procedencia y no la cuidaba tanto porque seguramente pensaba que ella tenía el suficiente carácter para hacerse respetar. Por otro lado, su madre con quien siempre estuvo en constante choque, le decía que debía conseguir marido lo más pronto posible para que la aquietara. Margarita le refutaba  a su madre porque un marido no era domar a nadie y que nada mas los animales son domados.
Debido a sus múltiples viajes, tuvo pretendientes en La Guajira, Barranquilla, Cali, Villavicencio y Montería, pero un sincelejano con ascendencia árabe, al igual que ella, le robó el corazón.

Juventud y madurez
Cuando se hallaba en la flor de la juventud, Margarita encontró el amor aunque no fue fácil debido a sus ideas un poco liberales para el contexto social en el que se encontraba. Siempre estuvo presta a las posibilidades pero eso no le restaba lo exigente.
Su encuentro de frente con el amor fue por una aparente casualidad en donde su cuñado, el esposo de su hermana Lourdes hizo el papel de celestino. “La ‘mantequita’, su esposo Rodolfo  y yo estábamos invitados a una fiesta en el club y me dijeron que me arreglara más elegante que de costumbre porque debía ser el centro de atención, idea que me agradó porque a mí me gusta sobresalir. Durante la fiesta atraje muchas miradas pero solo me fijé en un hombre al que nunca había visto y quedé cautivada con sus grandes ojos negros y su contagiosa sonrisa. Luego supe que era amigo de mi cuñado y nos presentaron, Su nombre era Antonio Eduardo Name Quessep pero en el momento lo olvidé y solo recordaba que era de Sincelejo dedicado al comercio de medicamentos de una firma alemana. Al principio pensé que era una casualidad, pero luego me enteré que estaba todo planeado”, expresó entre risas.
Los encuentros con aquel hombre de ancha sonrisa fueron más frecuentes y empezó a nacer una amistad en la que compartían gustos comunes como el viaje, la música regional, la buena vida y las tradiciones de sus ancestros. Al principio, su madre estaba prevenida puesto que los paseos extendidos con el sucreño no iban a ser vistos porque no existía una relación formal; hasta que un día, Antonio llegó a su hogar con regalos, la bituaya para un sancocho y cajas de ron. No le avisó a nadie, ni siquiera a Margarita, con quien había quedado en verse el fin de semana.
Su presencia representó sorpresa y expectativas para todos los miembros de la familia a excepción de Margarita quienes se le acercaron a interrogarlo sin rodeos. Él solo respondía que este era el inicio de una bonita relación. Margarita, durante la improvisada fiesta se sentía con las manos atadas y a pesar de tener determinación para decir las cosas temía a pasar por imprudente o interesada.
Las intenciones del visitador médico con su visita fueron conocidas cuando le pidió a su pretendida que le trajera la caja de ron con una marca azul. Ella la tomó y se la entregó en sus manos pero él le pidió que la abriera ella misma y cuando lo hizo observó un anillo que la dejó sin palabras pero se lo probó de inmediato. Su hermano mayor, José, al notar lo sucedido los felicitó aunque Margarita no había aceptado de palabra, el sí rotundo lo dio al ponerse el anillo.
Los preparativos de la boda se llevaron a cabo al día siguiente para que la fiesta fuera de ensueño. Dicha preparación se hizo en cuatro meses y acordaron que la ceremonia se oficiaría en la Catedral Basílica de Santa Marta.
Todo estuvo listo para una semana antes de la boda y Margarita no sufrió estrés de novia. “Nunca supe que fue estresarse y correr con las cosas porque mis hermanas, mi mamá  y mis amigos me colaboraron en todo”. El 12 de febrero de 1961 unieron sus vidas en sagrado matrimonio y dicha unión dio de qué hablar, no solo por la elegancia de los novios y por el lujo de la fiesta, sino por la cantidad de invitados que allí se encontraban a causa de las amistades por los viajes de ambos.
La luna de miel de los recién casados fue en Cartagena de Indias en donde Margarita vivió días felices y comió dulces hasta el cansancio. Su esposo le prometió frente al mar que ese era el comienzo de una buena vida, que no le faltaría nada y  que le prometía llevarla a Alemania en donde iba de forma constante.
Infortunadamente, el majestuoso cuento de hadas no duró mucho. Al llegar a Sincelejo, su nuevo hogar, Margarita se encontró con un palacio lleno de adornos, cuartos inmensos, salas de estar, carros lujosos, choferes y tres empleadas de servicio que la hacían sentir como una princesa. Nunca imaginó ni esperó lo que estaba viviendo pero lo disfrutaba. Sin embargo, un mes después las cosas empezaron a cambiar y ya no era tratada como una princesa sino como un adorno más de su hogar.
Antonio era un bebedor y parrandero de tiempo completo, cosa que desconocía su esposa y sin embargo optó por sobrellevarlo pero con lo que no podía estar tranquila era con la afición de su príncipe azul por las corralejas y no precisamente porque las observara desde un palco. “No soportaba que se fuera para las corralejas porque era un torero frustrado y un adicto a las emociones. En varias ocasiones se me perdía el loco ese estando borracho y pasé muchos sustos cuando me venían a buscar porque el toro lo zarandeaba y lo agarraba a cachazos. A veces la gente exageraba  y cuando se le pasaba la borrachera, lo cogía de mi cuenta y le decía muchas cosas pero él solo me decía que me calmara, que para eso me tenía como una reina”.
Las peleas y la poca vida de pareja fueron las causas para postergar la llegada de un hijo durante tres años y la presión familiar crecía cada vez más. Pero un día, a causa de un repentino desmayo se enteró que sería madre y ello arregló parcialmente la situación con su esposo quien no se cambiaba por nada. Tuvo dos intentos de aborto y guardó reposo hasta el 19 de marzo de 1964, el día en que dio a luz a Eduardo Antonio, su único hijo.  Sus familiares y amigos de todas partes vinieron a verla y traerle regalos a su bebé que iban desde toallas azules hasta osos enormes de felpa.
Los primeros meses del pequeño ‘Eduardito’ fueron llenos de cuidado y atenciones por todos. Margarita lo sacaba a pasear en el coche para que todos vieran a su pequeño príncipe como ella decía. Su esposo estuvo al pendiente del niño hasta que cumplió el año, porque la situación volvió a empeorar.
Margarita se sentía sola, extrañaba su hogar y pensaba en irse pero por primera vez le temió a las opiniones de su familia.  Quería sentirse productiva y como era altruista empezó a hacer un curso de enfermería en la Cruz Roja, dejando a su hijo en manos de una niñera. Allí conoció a Socorro, quien le daría un giro a su vida. “Socorro era una mujer analfabeta y vivía en un barrio popular de Sincelejo. Cuando la conocí estaba haciendo el curso de enfermería y la enseñé a leer, a escribir y a comportarse. Me admiraba tanto que hasta quiso quedarse con lo que mío”.
Margarita la llevó a su casa y se la presentó a su esposo sin pensar que ello le traería serías consecuencias. “Socorro iba a mi casa, era mi confidente, sabía la situación que tenía con mi marido y se valió de eso para invitarlo a su casa. Un día los encontré en un parque dándose besos y lo único que se me ocurrió fue prenderla del cabello y darle bofetadas. Una vez hice esto llegué a la casa, saqué al niño, tomé unas cuantas prendas de vestir y me fui para Santa Marta”.
Cuando llegó junto con su pequeño hijo a la casa de sus padres en Santa Marta, la aceptaron sin chistar y empezó a colaborarle a su padre con el negocio de las mercancías haciendo los viajes que él hacía. En ocasiones le tocaba quedarse por largas temporadas en Maicao y estaba tranquila porque su pequeño hijo estaba en buenas manos.
Pasaron algunos años de su separación y por cartas se enteró que había enviudado. Con 40 años Margarita se resignaba a no volver a enamorarse hasta que conoció a Chafic Sliba, un libanés que la conquistó poco a poco teniendo a su favor su estancia en Maicao. “Lo conocí cuando iba a comer a su restaurante pero nunca pasaba nada hasta que un día vi una mosca en mi sopa y me enfurecí pero llegó a atenderme con mucha amabilidad .Intercambiamos teléfonos y me enamoró poco a poco”.
Después de un tiempo Margarita unió su vida a Chafic en una ceremonia religiosa sencilla y con la esperanza de que esta vez si fuera para siempre, y así fue.

Vejez y últimos días
Las enfermedades acompañaron a Margarita en su último periodo de vida. Una sospecha de cáncer de cuello uterino fue la causa para someterse por primera vez a una cirugía pero su actitud tranquila, el amor de su esposo y las ganas de ver a su hijo casado fueron su motivación.
Años después, su hijo le anunció que contraería nupcias lo cual le produjo nostalgia pero sabía que  su pequeño príncipe debía formar su hogar y darle los nietos que tanto deseaba. Para tenerlo cerca lo invitaba junto con su esposa a un almuerzo todos los fines de semana en donde se contaban anécdotas. La llegada de su primera nieta fue motivo de emoción y para ella fue un orgullo que su hijo decidiera colocarle su nombre. “Si tener hijos es una felicidad enorme, tener nietos es el doble. Cuando nació le compré de todo y fue un honor que la llamaran Margarita como yo”, expresó con una enérgica sonrisa.
La relación de Margarita con su nieta mayor fue estrecha y siempre quiso inculcarle la determinación y la valentía para enfrentar los problemas. Cuando nació su otra nieta, al verla tan pequeñita y enferma, decidió irse una larga temporada para la casa de su hijo y ayudarle a su nuera en sus cuidados. Siempre fue una abuela alcahueta, consejera y amorosa.
La pérdida de sus padres y tres de sus hermanos marcó su vida y nunca pudo reponerse. Una fractura de columna a causa de cargar a su hermana menor, durante su enfermedad terminal, la mantuvo en cama por meses hasta que pudo operarse pero nada volvió a ser igual.
Margarita junto a su nieta
dos meses antes de morir.
Posteriormente, fue operada a corazón abierto y le extirparon una de sus mamas debido a un cáncer. Las quimioterapias no le quedaron grandes y pudo salir victoriosa, mostrando siempre una gran sonrisa.
Los últimos años de su vida, los dedicó a estar tranquila, disfrutando de los almuerzos en familia, viendo crecer a sus nietas y gozando de la poca salud que le quedaba. En las fiestas de cumpleaños, los matrimonios árabes y las navidades era el centro de atención y no se iba hasta el último disco y cualquier arreglo floral que viera solo se lo llevaba para su hogar porque adoraba las flores.
Aparentemente, su salud se encontraba estable pero su fin estaba cerca. Una fibrosis pulmonar fue apagando poco a poco a su vida y aunque era consciente de su nuevo padecimiento nunca preguntó como se encontraba porque prefería conservar la esperanza y la templanza, ni siquiera cuando estuvo en unidad de cuidados intensivos.  “Si me muero no quiero que me lloren ni me guarden lutos eternos porque sé que es eso. Lo único que quiero son 15 rosas rojas encima de mi cajón y que me hagan muchas misas para que descanse en paz”, dijo dos días antes de morir.


El 22 de septiembre del 2014 Margarita cerró sus ojos para siempre. En ese momento fue doloroso para todos sus seres queridos pero es valioso recordar a un personaje con tanta alegría, perseverancia y amor para dar.

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