La determinación para decir las cosas sin rodeos la caracterizaban
En memoria de una mujer valiente y decidida
Su personalidad era una mezcla de culturas.
Por: Margarita Name
L.
Margarita Yamile Dau David,
nacida en 1934 e hija de padres
libaneses que llegaron a estas tierras en busca de un mejor porvenir, era una
mujer que se consideraba a sí misma como una mezcla de culturas teniendo la
elegancia de las mujeres de oriente y la alegría de los habitantes del Caribe.
A pesar de que su nombre representa fortaleza y gran personalidad, siempre se
cuestionó acerca de las razones por las cuales sus padres que siendo
originarios de tierras lejanas le colocaran un nombre latino.
La determinación e
iniciativa para afrontar los problemas y decir las cosas de frente sin pelos en la lengua
la caracterizaban. Para ella, lo más importante era la franqueza aunque
consideraba que la hipocresía en algunas
ocasiones era un mal necesario.
“Uno de mis más cercanos amigos
me apodaba como la ministra de guerras porque yo nunca me quedaba callada y si
tenía que decir de una vez que no me gustaba una cosa lo hacía y punto”. Narraba
entre risas que decir las cosas sin
rodeos le causó uno que otro dolor de cabeza a su madre quien a diario le
inculcaba valores y comportamientos característicos de una señorita de su edad
pero le hacía caso omiso y siempre estaba involucrada en riñas escolares.
Margarita, hasta sus últimos días
luchaba por vivir y seguir adelante. Durante su enfermedad nunca se rindió, ni
preguntó cómo estaba su salud porque la llama de la esperanza siempre estuvo viva.
Tampoco le tenía miedo a la muerte porque era creyente en Dios y sabía que si
sus ojos se cerraban para siempre iba a descansar en su gracia. Lo único que
pedía era quince rosas rojas encima de su cajón y ni una sola lágrima.
Su niñez
Nació en Santa Marta el 10
diciembre de 1934, siendo la segunda hija del matrimonio de Naishla David y
Miguel Dau, un par de libaneses que arribaron a estas tierras con pasaporte
turco en busca de una mejor calidad de vida. Con el afán de encajar en la
tierra que los acogió, decidieron colocarles nombres latinos a casi todos sus hijos,
cosa que Margarita se cuestionaba de forma frecuente a pesar de que su nombre
significaba fortaleza. “Cuando me presentaban a algún paisano siempre me
encontraba con nombres como Alí, Jouseff
o Salua y el mío era el más común de todos. A mis hermanos les colocaron José,
Jorge, Lourdes y María Helena a excepción de Salim, el consentido”.
Su infancia se caracterizó por
los arduos cuidados de su madre y por la mezcla de culturas en las que estaba
inmersa. Sus primeras palabras las aprendió tanto en español como en árabe
porque su padre poco hablaba español. En
su época de escuela era rebelde, y en el
centro del patio central de La Presentación, colegio en donde cursó hasta
quinto de primaria, daba un colosal y particular discurso que ponía de cabeza a la institución
y a las monjas que aunque la dejaban culminar sus argumentos, después la
tomaban de las trenzas y le daban golpes en las manos con regla de madera.
“Yo no me quedaba callada porque
sentía que iba a explotar y si veía algo que no me gustaba de las monjas esas,
yo me iba para el patio y comenzaba a gritar como los políticos. Nunca estuve
de acuerdo con lo que ellas decían pero sé que en el fondo les gustaba mi
actitud”, comentaba entre risas. Su
madre estuvo en total desacuerdo con su rebeldía y todos los días les daba
lecciones de buenos modales que al llegar al colegio se le olvidaban viéndose
involucrada en riñas, y la causa principal era porque molestaban a su hermana
Lourdes por estar subida de peso. Nadie podía decirle ‘mantequita’, excepto
ella.
Adolescencia
Su adolescencia transcurría en
cortos pero productivos viajes, especialmente a Maicao en donde su padre
comercializaba alimentos para abastecer su almacén, lo cual le fue beneficioso
para conocer gente y ampliar su círculo social porque Margarita era sociable.”
Siempre hay que tener amistades en todos lados, eso te abre puertas”, decía.
Tener tantas amistades, le causó
algunos problemas puesto que si estaba en casa y llegaban a buscarla, ella ni
corta ni perezosa se iba a recorrer el departamento del Magdalena, dejando a
medias una labor del hogar, lo que enfurecía enormemente a su madre quien en un
comienzo salía a buscarla con correa en mano, pero cuando se enteraba que se
había ido tan lejos, no tenía más remedio que esperarla y darle un castigo
ejemplar que ya no eran golpes ni sermones eternos. “Cuando regresaba de Plato o de Guamal
mi mamá me recibía con mucha seriedad .No me pegaba ni me regañaba, solo me
decía que no iba a salir sola ni a la tienda y eso me enfurecía mucho pero
llegaba tan cansada que no tenía fuerzas para refutar”.
Entre viajes sorpresa y amistades
nuevas aprendió a fumar sin pensar que esto le ocasionaría problemas a futuro.
A donde iba compraba prendas y las alojaba en baúles que conservaba hasta
sus últimos días porque le recordaban
aquellos momentos en donde se sentía joven y llena de planes. Entre sus objetos
más preciados se encontraba un delicado rosario hecho en filigrana comprado en
Mompox, un par de aretes con diseño precolombino y una pulsera con el ojo de EL
Cairo que fue un regalo de uno de sus más cercanos amigos.
Margarita, no solo se dedicó a
coleccionar joyas y a tener amigos; también generó amores y odios a su paso.
Las riñas siempre estuvieron a la orden del día porque nunca faltaba un
problema o alguien que quisiera molestarla o molestar a sus seres queridos.
Entre una de sus tantas anécdotas, recuerda que en una fiesta en donde estaba
invitada ella y sus hermanos hubo una
joven que los miraba de reojo y que en la mitad de la celebración comenzó a hablar mal de los árabes afirmando
que solo vinieron desde lejos para estorbar y hacer bulto en esta tierra.
Margarita trató de pasar por alto el incidente para no dañar el festejo y no
avergonzar a sus hermanos, pero la intransigente joven pasó cerca de ella y le
derramó un jugo frutas en su vestido lo cual colmó su paciencia y la tomó de
sus rizos arrastrándola por todo el salón hasta que el cumplimentado las separó
y la bautizó como la ministra de guerras, apodo por el que fue conocida entre
sus más cercanos amigos toda la vida.
La combinación entre elegancia y
fuerza atraía a muchos muchachos quienes la pretendían y la visitaban de forma
frecuente haciéndole regalos o invitaciones a caminar por las playas de la
ciudad. Cuenta que su padre era de pocas palabras y solo le recomendaba que
supiera escoger con calma a la persona con la cual quería compartir su vida. No
era celoso ni machista a pesar de su procedencia y no la cuidaba tanto porque
seguramente pensaba que ella tenía el suficiente carácter para hacerse
respetar. Por otro lado, su madre con quien siempre estuvo en constante choque,
le decía que debía conseguir marido lo más pronto posible para que la
aquietara. Margarita le refutaba a su
madre porque un marido no era domar a nadie y que nada mas los animales son
domados.
Debido a sus múltiples viajes,
tuvo pretendientes en La Guajira, Barranquilla, Cali, Villavicencio y Montería,
pero un sincelejano con ascendencia árabe, al igual que
ella, le robó el corazón.
Juventud y madurez
Cuando se hallaba en la flor de
la juventud, Margarita encontró el amor aunque no fue fácil debido a sus ideas
un poco liberales para el contexto social en el que se encontraba. Siempre
estuvo presta a las posibilidades pero eso no le restaba lo exigente.
Su encuentro de frente con el
amor fue por una aparente casualidad en donde su cuñado, el esposo de su hermana
Lourdes hizo el papel de celestino. “La ‘mantequita’, su esposo Rodolfo y yo estábamos invitados a una fiesta en el club
y me dijeron que me arreglara más elegante que de costumbre porque debía ser el
centro de atención, idea que me agradó porque a mí me gusta sobresalir. Durante
la fiesta atraje muchas miradas pero solo me fijé en un hombre al que nunca
había visto y quedé cautivada con sus grandes ojos negros y su contagiosa
sonrisa. Luego supe que era amigo de mi cuñado y nos presentaron, Su nombre era
Antonio Eduardo Name Quessep pero en el momento lo olvidé y solo recordaba que
era de Sincelejo dedicado al comercio de medicamentos de una firma alemana. Al
principio pensé que era una casualidad, pero luego me enteré que estaba todo
planeado”, expresó entre risas.
Los encuentros con aquel hombre
de ancha sonrisa fueron más frecuentes y empezó a nacer una amistad en la que
compartían gustos comunes como el viaje, la música regional, la buena vida y
las tradiciones de sus ancestros. Al principio, su madre estaba prevenida
puesto que los paseos extendidos con el sucreño no iban a ser vistos porque no
existía una relación formal; hasta que un día, Antonio llegó a su hogar con
regalos, la bituaya para un sancocho y cajas de ron. No le avisó a nadie, ni
siquiera a Margarita, con quien había quedado en verse el fin de semana.
Su presencia representó sorpresa
y expectativas para todos los miembros de la familia a excepción de Margarita
quienes se le acercaron a interrogarlo sin rodeos. Él solo respondía que este
era el inicio de una bonita relación. Margarita, durante la improvisada fiesta
se sentía con las manos atadas y a pesar de tener determinación para decir las
cosas temía a pasar por imprudente o interesada.
Las intenciones del visitador
médico con su visita fueron conocidas cuando le pidió a su pretendida que le
trajera la caja de ron con una marca azul. Ella la tomó y se la entregó en sus
manos pero él le pidió que la abriera ella misma y cuando lo hizo observó un
anillo que la dejó sin palabras pero se lo probó de inmediato. Su hermano
mayor, José, al notar lo sucedido los felicitó aunque Margarita no había
aceptado de palabra, el sí rotundo lo dio al ponerse el anillo.
Los preparativos de la boda se
llevaron a cabo al día siguiente para que la fiesta fuera de ensueño. Dicha
preparación se hizo en cuatro meses y acordaron que la ceremonia se oficiaría
en la Catedral Basílica de Santa Marta.
Todo estuvo listo para una semana
antes de la boda y Margarita no sufrió estrés de novia. “Nunca supe que fue
estresarse y correr con las cosas porque mis hermanas, mi mamá y mis amigos me colaboraron en todo”. El 12
de febrero de 1961 unieron sus vidas en sagrado matrimonio y dicha unión dio de
qué hablar, no solo por la elegancia de los novios y por el lujo de la fiesta,
sino por la cantidad de invitados que allí se encontraban a causa de las
amistades por los viajes de ambos.
La luna de miel de los recién
casados fue en Cartagena de Indias en donde Margarita vivió días felices y
comió dulces hasta el cansancio. Su esposo le prometió frente al mar que ese
era el comienzo de una buena vida, que no le faltaría nada y que le prometía llevarla a Alemania en donde
iba de forma constante.
Infortunadamente, el majestuoso
cuento de hadas no duró mucho. Al llegar a Sincelejo, su nuevo hogar, Margarita
se encontró con un palacio lleno de adornos, cuartos inmensos, salas de estar,
carros lujosos, choferes y tres empleadas de servicio que la hacían sentir como
una princesa. Nunca imaginó ni esperó lo que estaba viviendo pero lo
disfrutaba. Sin embargo, un mes después las cosas empezaron a cambiar y ya no
era tratada como una princesa sino como un adorno más de su hogar.
Antonio era un bebedor y
parrandero de tiempo completo, cosa que desconocía su esposa y sin embargo optó
por sobrellevarlo pero con lo que no podía estar tranquila era con la afición
de su príncipe azul por las corralejas y no precisamente porque las observara
desde un palco. “No soportaba que se fuera para las corralejas porque era un
torero frustrado y un adicto a las emociones. En varias ocasiones se me perdía
el loco ese estando borracho y pasé muchos sustos cuando me venían a buscar
porque el toro lo zarandeaba y lo agarraba a cachazos. A veces la gente
exageraba y cuando se le pasaba la
borrachera, lo cogía de mi cuenta y le decía muchas cosas pero él solo me decía
que me calmara, que para eso me tenía como una reina”.
Las peleas y la poca vida de
pareja fueron las causas para postergar la llegada de un hijo durante tres años
y la presión familiar crecía cada vez más. Pero un día, a causa de un repentino
desmayo se enteró que sería madre y ello arregló parcialmente la situación con
su esposo quien no se cambiaba por nada. Tuvo dos intentos de aborto y guardó
reposo hasta el 19 de marzo de 1964, el día en que dio a luz a Eduardo Antonio,
su único hijo. Sus familiares y amigos de
todas partes vinieron a verla y traerle regalos a su bebé que iban desde
toallas azules hasta osos enormes de felpa.
Los primeros meses del pequeño
‘Eduardito’ fueron llenos de cuidado y atenciones por todos. Margarita lo
sacaba a pasear en el coche para que todos vieran a su pequeño príncipe como
ella decía. Su esposo estuvo al pendiente del niño hasta que cumplió el año,
porque la situación volvió a empeorar.
Margarita se sentía sola,
extrañaba su hogar y pensaba en irse pero por primera vez le temió a las
opiniones de su familia. Quería sentirse
productiva y como era altruista empezó a hacer un curso de enfermería en la Cruz
Roja, dejando a su hijo en manos de una niñera. Allí conoció a Socorro, quien
le daría un giro a su vida. “Socorro era una mujer analfabeta y vivía en un barrio
popular de Sincelejo. Cuando la conocí estaba haciendo el curso de enfermería y
la enseñé a leer, a escribir y a comportarse. Me admiraba tanto que hasta quiso
quedarse con lo que mío”.
Margarita la llevó a su casa y se
la presentó a su esposo sin pensar que ello le traería serías consecuencias.
“Socorro iba a mi casa, era mi confidente, sabía la situación que tenía con mi
marido y se valió de eso para invitarlo a su casa. Un día los encontré en un
parque dándose besos y lo único que se me ocurrió fue prenderla del cabello y
darle bofetadas. Una vez hice esto llegué a la casa, saqué al niño, tomé unas
cuantas prendas de vestir y me fui para Santa Marta”.
Cuando llegó junto con su pequeño
hijo a la casa de sus padres en Santa Marta, la aceptaron sin chistar y empezó
a colaborarle a su padre con el negocio de las mercancías haciendo los viajes
que él hacía. En ocasiones le tocaba quedarse por largas temporadas en Maicao y
estaba tranquila porque su pequeño hijo estaba en buenas manos.
Pasaron algunos años de su
separación y por cartas se enteró que había enviudado. Con 40 años Margarita se
resignaba a no volver a enamorarse hasta que conoció a Chafic Sliba, un libanés
que la conquistó poco a poco teniendo a su favor su estancia en Maicao. “Lo
conocí cuando iba a comer a su restaurante pero nunca pasaba nada hasta que un
día vi una mosca en mi sopa y me enfurecí pero llegó a atenderme con mucha
amabilidad .Intercambiamos teléfonos y me enamoró poco a poco”.
Después de un tiempo Margarita
unió su vida a Chafic en una ceremonia religiosa sencilla y con la esperanza de
que esta vez si fuera para siempre, y así fue.
Vejez y últimos días
Las enfermedades acompañaron a
Margarita en su último periodo de vida. Una sospecha de cáncer de cuello
uterino fue la causa para someterse por primera vez a una cirugía pero su
actitud tranquila, el amor de su esposo y las ganas de ver a su hijo casado
fueron su motivación.
Años después, su hijo le anunció
que contraería nupcias lo cual le produjo nostalgia pero sabía que su pequeño príncipe debía formar su hogar y
darle los nietos que tanto deseaba. Para tenerlo cerca lo invitaba junto con su
esposa a un almuerzo todos los fines de semana en donde se contaban anécdotas.
La llegada de su primera nieta fue motivo de emoción y para ella fue un orgullo
que su hijo decidiera colocarle su nombre. “Si tener hijos es una felicidad
enorme, tener nietos es el doble. Cuando nació le compré de todo y fue un honor
que la llamaran Margarita como yo”, expresó con una enérgica sonrisa.
La relación de Margarita con su
nieta mayor fue estrecha y siempre quiso inculcarle la determinación y la
valentía para enfrentar los problemas. Cuando nació su otra nieta, al verla tan
pequeñita y enferma, decidió irse una larga temporada para la casa de su hijo y
ayudarle a su nuera en sus cuidados. Siempre fue una abuela alcahueta,
consejera y amorosa.
La pérdida de sus padres y tres
de sus hermanos marcó su vida y nunca pudo reponerse. Una fractura de columna a
causa de cargar a su hermana menor, durante su enfermedad terminal, la mantuvo
en cama por meses hasta que pudo operarse pero nada volvió a ser igual.
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Margarita
junto a su nieta
dos meses antes de morir.
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Posteriormente, fue operada a
corazón abierto y le extirparon una de sus mamas debido a un cáncer. Las
quimioterapias no le quedaron grandes y pudo salir victoriosa, mostrando
siempre una gran sonrisa.
Los últimos años de su vida, los
dedicó a estar tranquila, disfrutando de los almuerzos en familia, viendo
crecer a sus nietas y gozando de la poca salud que le quedaba. En las fiestas
de cumpleaños, los matrimonios árabes y las navidades era el centro de atención
y no se iba hasta el último disco y cualquier arreglo floral que viera solo se
lo llevaba para su hogar porque adoraba las flores.
Aparentemente, su salud se
encontraba estable pero su fin estaba cerca. Una fibrosis pulmonar fue apagando
poco a poco a su vida y aunque era consciente de su nuevo padecimiento nunca
preguntó como se encontraba porque prefería conservar la esperanza y la
templanza, ni siquiera cuando estuvo en unidad de cuidados intensivos. “Si me muero no quiero que me lloren ni me
guarden lutos eternos porque sé que es eso. Lo único que quiero son 15 rosas
rojas encima de mi cajón y que me hagan muchas misas para que descanse en paz”,
dijo dos días antes de morir.
El 22 de septiembre del 2014
Margarita cerró sus ojos para siempre. En ese momento fue doloroso para todos
sus seres queridos pero es valioso recordar a un personaje con tanta alegría,
perseverancia y amor para dar.


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