jueves, 6 de noviembre de 2014

Entrevista con la abuela. Por: Laura Gómez.

Una mujer que no le teme a las barreras

La pequeña abuela

“No me dieron tamaño, pero me dieron grandeza”, Martha Cecilia Polo.


Por: Laura Gómez.

Entre silencios, miedos, dudas, constantes afirmaciones de que no es necesario intentarlo, y con la  inmutable opresión de  una época en la que protagonizaba el machismo, nació y vivió durante 16 años de su vida, la señora Martha Cecilia, o “Ceci”, como le dicen sus allegados.
Mide un metro y cincuenta centímetros de estatura, caen sobre sus hombros hilos finos y dorados que combinan con el rosado  pálido de sus labios, ojos negros y achinados, y un rostro blanco lleno de pecas, que es lo único que deja ver sin reservas. Casi siempre adorna su cuerpo de faldas largas, camisas grandes y manga larga que la hacen lucir elegante, se calza con baletas porque sus ya cansados pies y su mala circulación no soportan los zapatos altos. 
Su mirada es intrigante aunque alegre, sus ojos achinados no permiten que se vea en ella unrepaso de sorpresa, de asombro o admiración, su nariz fileña, resultado de dos operaciones estéticas, es lo que considera la hace lucir regia y nunca omite el maquillaje en sus labios, por ser su boca la parte más oronda de su rostro.
Omite hablar de su edad, aunque revela que tiene más de siete décadas, nació en Barrancabermeja y es la mayor de doce hermanos, su padre falleció cuando ella tenía 14 años, y su madre Rosa María, QEPD, desde entonces se encargó del hogar, acompañada de su hijo Miguel, de 12 años.

El amor la intima a independizarse
Luego de haber sufrido la perdida de su padre, a los 14 años de edad, y de desconocer hasta ahora la razón del homicidio, la rebeldía a Martha se le vino encima, dejó de usar las faldas que acostumbraba a comprarle su padre, los moños altos que en las mañanas, antes de irse a la escuela le hacía su madre, e inició a maquillarse tanto como pudo.
A los 15 años de edad se enamoró de Neftalí Pinilla, un joven de 18 años que trabajaba con el ganado a dos fincas de donde vivía Martha, su amor se convirtió en una historia trágica, parecida a la de las obras literarias,  por ser sus familias contendientes firmes. Nadie en la casa de Martha estaría de acuerdo con su capricho de amor, y la familia de Neftalí por su lado, le prohibiría rotundamente burlar el apellido casándose con “una cualquiera”. 
Martha quería estudiar leyes, estar en el mandato de su ciudad y llegar alguna vez a ser presidenta, sueños que alguna vez le expuso a su madre y a su hermano Miguel, quienes burlarían el optimismo de Martha y le asegurarían que eso jamás lo lograría, que la mujer sólo debía dedicarse a la casa y el hombre era el que trabajaba.
El repugno de Martha la llevaría a tomar decisiones, acompañada de la primera decepción de no poder estar con su amor, decidió buscar  a Neftalí y pedirle que partieran a un lugar lejos de la ciudad, que vivieran una vida juntos y salieran adelante, lo que no era común en aquellos tiempos, pues la costumbre era que el hombre hacia ese tipo de propuestas.

La tragedia de su amado
Neftalí sin dudarlo le propuso viajar, pero ella  tendría que ir primero e instalarse en la casa de un amigo de él en Santa Marta, en cuanto Martha consiguiera un lugar para vivir con su amado en la nueva ciudad, éste viajaría para el rencuentro, rencuentro que por infaustos hechos no se daría.
Martha recuerda con total tersura un 17 de marzo, día en el que volvería a ver a su amado para dar inicio a una nueva vida, pero luego de que Neftalí iniciara su viaje, en un carro muy antiguo y en mal estado de uno de los peones de la finca, una vaca se cruzó en el camino, provocando que el carro diera vuelco, acabando instantáneamente con la vida de los dos viajeros: Neftalí y su acompañante.
Martha no se enteraría del hecho hasta nueve días después, acompañada del desespero quien se apropió de ella y la angustia por creer que su amado la había abandonado, renunciando a su propuesta de amor, decidió volver a Barrancabermeja con su familia. Luego de enterarse del trágico accidente, Martha se sentiría  rotundamente débil, cansada, y dos días después, tomaría de nuevo la decisión de irse, acompañada de su dolor y sus ganas de abandonar aquel lugar que sólo le traía nefastos recuerdos, entre ellos, la muerte de dos hombres a los que amó: Su padre y Neftalí.

La independencia de Martha
Volvió a Santa Martha, una ciudad que a pesar de sus dificultades le brindó opciones, empezó trabajando en una casa de familia, donde además de hacer los oficios tenía que encargarse de cocinar, lavar, planchar y cuidar a tres niños, hijos de la pareja. 
Su sonrisa ligera le facilitaba el trabajo de conocer personas, siempre tenía una cara agradable a los saludos que los demás le propinaban, además en la mayoría de las ocasiones se encontraba disponible para cualquier favor que la familia u otra persona le pidieran. Martha estaba segura de que “el terreno primero hay que tantearlo”.
Luego de trabajar por más de siete años con esa familia, un hermano de su jefa le pediría que trabajara con él en su tienda, que seguramente las entradas que recibiría serían mejores. Tienda que tres años después compró, acompañada de su gran esfuerzo.
A sus 30 años conoció a Generoso Díaz, un hombre de 42 años, originario de Valledupar, soltero y sin hijos igual que ella. No demoró dos meses en enamorarse de él e irse a Valledupar, dejando la tienda a cargo de su antiguo dueño, el hermano de su jefa. 
Los años a Martha le habían propinado suficiente experiencia en el trabajo, pues ya había trabajado en la finca de su casta, en casa de familia, en tiendas, “una mujer jugada de la vida” como quien dice. “A mí no me dieron tamaño, pero me tienen grandeza, nunca me dio miedo enfrentarme a ningún trabajo, además todo lo tenía fácil, no tenía obligaciones y trabajaba sólo para mí”, asegura Martha.
En Valledupar, se instalaron en el barrio San Martín, en una pequeña casa de barro, con un gran frente, en el que pateaban pelota todas las mañanas los niños de la cuadra, la pareja vivía en compañía de Rosa Pacheco, la madre Q.E.P.D de Generoso Díaz.
Martha se encargó de los oficios de la casa, y esto no le causaba absoluto placer, pues a pesar de no provenir de una casta adinerada, nunca se acostumbró a estar en casa sin hacer nada, a Martha lo que le gustaba era el trabajo, el mérito propio, el obtener recompensas por sus esfuerzos.
Luego de vivir un año en Valledupar, Martha se había acostumbrado a la nueva ciudad, había conocido suficiente personas y se dedicaría a conseguir en qué trabajar. Se empleó como profesora de refuerzos de dos niños que vivían en el barrio Novalito, y luego de empezar a ganar su propio dinero, no dudó en iniciar ahorros.

A una dama le sobra la vanidad
Dos años después de iniciar sus ahorros, Martha empezó a invertir en ella, un 25 de octubre, entró por primera vez a un quirófano con el objetivo de “mejorar” su nariz. Pasado un año y medio ingresó nuevamente al quirófano, esta vez para hacerse una liposucción, desde entonces maneja una estricta dieta vegetariana que es la que, asegura, la mantiene en forma.
Su actual pareja, Generoso Díaz, no estaría feliz con tantos cambios en Martha, pretendía que tanta intención de lucir candente, eran la evidente prueba de infidelidad de Martha, asunto que no era cierto, pues vive con la fiel convicción de que la fidelidad es la clave de una relación.
A pesar de esto, Generoso no soportaba tantos cambalaches, menos de cinco años duró la relación, Martha se instaló en la casa de la familia para la que trabajaba, y siguió ahorrando, “Uno siempre anhela tener su casa propia, aunque sea pequeñita, no hay nada más gratificante que acostarte con la tranquilidad de que el techo en el que te encuentras, es tuyo”, cuenta.

Autónoma
Trabajó muy duro hasta lograr conseguir un aumento en su salario, con sus ahorros logró pagar la primera cuota de una casa cerca de donde trabajaba, y siete años más, se llevaría en terminar de pagarla. A sus 50 años, Martha ya tenía casa propia, estaba soltera, y vivía sola, pues nunca tuvo hijos.
Se dedicó a dar clases en las tardes a estudiantes de colegio en la terraza de su casa, “me enamoran los niños, pero los ajenos, yo no imaginaba tener que cuidar niños, eso es algo difícil, más porque uno tiene que ser su ejemplo a seguir y yo sería uno muy malo”.
Su vida se basaba en ver novelas en las mañanas, dar clases en las tardes, y gastar o ganar dinero en los bingos por las noches, además que amaba ir a esos lugares, eran los únicos donde encontraba gente de “su calaña”, y socializar y tomar cervezas, era algo que hacía muy bien.
Martha hoy aún vive en su casita en Valledupar, sola, sin mascotas porque no sabe cuidarlas, sin esposo porque nunca le duró uno, sin hijos por miedo a la crianza, sin hermanos porque se alejó de su familia, sin miedos, porque le sobran la valentía, la fuerza y la fe en sí misma.
Su figura aún es esbelta, gracias a su estricta dieta vegetariana, lo único que la hace romperla es la dulce cerveza y uno que otro tequila, cuando es necesario. Sus cabellos los mantiene cortos, porque  de las muchas cosas que le causa molicie a Martha, es peinarse. 

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