jueves, 6 de noviembre de 2014

Entrevista con la abuela. Por: Gheraldine Peñaranda.

Esperó oír por última vez su voz

Aura Hernández, una juventud no tan bella

“Nunca perdí las esperanzas”.


Por: Gheraldine Peñaranda.

Aura nació el dos de diciembre en la ciudad de Santa Marta en el año 1958, es una mujer trabajadora y emprendedora en su ardua labor de confección de modas que desarrolla desde la edad de 20 años, empíricamente. Tiene cuatro hijos, Eliana (la mayor) Yamile, Nayra y Edson (el menor) y está casada con José Franco y viven en el barrio Manzanares.
“Yo era la consentida de mi papá, el olor a incienso y Menticol son aromas que me recuerdan mucho a él”, expresó Aura con nostalgia. Vivió con sus padres Bernardino Hernández y Manuela Iguarán, y junto a sus 13 hermanos, sin embargo, su estadía fue poca debido que a  la edad de 15 años se fugó de la casa con su “amor prohibido” así le llamó a Félix Iguarán quién además de ser su amor era su primo hermano.
Félix Iguarán es el padre de Eliana, Yamile y Nayralith, con él compartió una faceta corta de su vida, quizás la más triste, antes de fugarse con él, Aura había descubierto que estaba embarazada de su primogénito, a quien bautizó con el nombre de Roberto Carlos, en honor al cantante brasilero, luego de un año nació Eliana, éramos una familia feliz.

Por otro lado, tiempo después, notaron que Roberto no podía comer nada porque empezaba a ahogarse, lo llevaron al médico y encontraron que padecía un grave problema de salud, Robertico como le decía Aura de cariño, poseía una anomalía congénita en su esófago, era muy pequeño, tanto así que era como el esófago de un pollito. 

Roberto no podía comer nada sólido, sólo podía digerir líquidos por lo tanto los alimentos que más consumía eran sopas y jugos naturales, tiempo después empezó a complicarse porque ya no digería la comida y vomitaba constantemente, tuvieron que internarlo en el centro de salud, “estaba desesperada y angustiada, los médicos me decían que no había cura para mi bebé, sin embargo, yo no perdía las esperanzas, Félix y yo estábamos muy tristes”, para ese momento Aura vivía en Bosconia y no tenía el apoyo de sus papás, ni de sus hermanos.
Más tarde, trasladaron a Roberto al hospital Fernando Troconis en Santa Marta, parecía mejorarse y ya casi le daban de alta, una tarde Félix le dijo a Aura “mi amor ve a dormir, descansa yo me quedo aquí cuidándolo esta noche”, ella le hizo caso y se fue para la casa a dormir.
En la madrugada Aura siente que tocaban la puerta y se dijo a sí misma “ese es Félix con Roberto que seguramente ya le dieron de alta”, al abrir la puerta ella ve a Miguel con Roberto en sus brazos y le dice “Dámelo que lo quiero cargar” (con una gran sonrisa) pero cuando lo mira en el rostro, lo ve muy pálido y no se movía, ella mira a Miguel y esta llorando y le dice “¿Qué pasa? ¿Por qué no se despierta? Y se lo arrebata de los brazos e intenta despertarlo pero lamentablemente estaba sin vida, lo toma en sus brazos y empieza a llorar profundamente y lo abraza y le habla con la esperanza de oír por última vez su voz.
Para Félix este no fue un proceso fácil, desde la muerte de Robertico, se dedicó a tomar alcohol desenfrenadamente, trayendo como consecuencia una peritonitis, enfermedad que más adelante le traería la muerte. “Me quería morir”, exclamó Aura, en menos de  dos años había perdido a su hijo y a su esposo, tenía dos niñas pequeñas, una en el vientre, y no tenía trabajo.
Un domingo de fiesta en la tarde, estaba reunida toda la familia de Aura, celebrando el Día de las Madres, y ella se presentó ante sus padres, se arrodilló, y lloró amargamente pidiéndoles perdón, ella sabía que había fallado. Sus padres la levantaron del suelo y la abrazaron diciendo, “nuestra hija pródiga ha regresado”.
Más adelante, Aura parió una niña a la que por nombre le puso Nayralith, y en esa temporada vivió con sus padres mientras conseguía trabajo. Al cabo de cinco meses cuando Nayra ya estaba más grandecita, Aura empezó a trabajar en un almacén de fotografía como administradora, y tiempo después se mudó a un apartamento con sus hijas, Eliana y Yamile, ya que Nayra se convirtió en la consentida de los abuelos y no dejaron que se la llevaran.
“Mi hija Eliana cocinaba a la edad de nueve años y Yamile lavaba los platos mientras yo me iba a trabajar”, las niñas fueron creciendo y Yamile empezó a tener problemas para caminar, Aura la llevó al centro de salud y le hicieron algunos exámenes con los que detectaron que Yamile tenía una parálisis en las piernas, ella puede caminar pero lo hace con mucha dificultad.
Sin embargo, fueron tiempos buenos para Aura, trabajando ya podía sostenerse sola con sus hijas y podía pagarles el colegio, comprarles juguetes y tenían una casa dónde vivir. Después de pasar una situación difícil, se había levantado con la frente en alto y siguió adelante.
Todos los domingos en la tarde, se acostumbraron a ir donde ‘mi mamá’ la forma más cariñosa de decirle a Manuela, la madre de Aura, llegaban todos los hijos, hermanos sobrinos primos y hasta el que no fuera de la familia también, se hacía una olla de sancocho trifásico que contenía hueso, costilla y pata de cerdo con muchas verduras y bastimento, en algunas ocasiones solía ser de pescado o de lisa seca.
Eran momentos de alegría, música, olores y sabores los que se vivenciaban todos los domingos en la casa de ‘mi mamá’.
 Fue pasando el tiempo y Aura a la edad de 27 conoció a José Antonio Franco y de nuevo para ella floreció el amor y a los dos meses se casaron, José Antonio  trabajaba en la Sierra Nevada de Santa Marta como administrador de una hacienda y por lo tanto Aura y su hija Yamile se trasladaron allá, mientras Eliana se quedó donde una tía paterna para seguir estudiando en el colegio.
En la Sierra Nevada Aura hizo amistades y compartió junto a su esposo momentos memorables como fue el nacimiento de Edson, su hijo menor y la gran alegría de José. Eliana en vacaciones los iba a visitar y junto a su hermanito pasaba todo el tiempo paseando en los inmensos jardines de la Sierra y compartiendo en familia.
Era una familia en ese entonces, llena de satisfacción, gozo y tranquilidad, la cual compartía en ocasiones especiales, fiestas y reuniones con las personas que convivían por los sectores más cercanos. Sus días eran fríos por las constantes lluvias, pero permanecía el calor del amor de una familia unida.  
Aura expresa: “todo iba bien hasta que el problema y las desgracias más grandes empezaron cuando ejecutaron a varios vecinos del sector”, como fue el caso del señor Víctor Andrade, un hombre de 50 años de edad que se dedicaba a administrar una granja ubicada muy cerca de la familia Franco y quien fue una víctima más de los homicidios cometido por la guerrilla que se presentó ante toda la comunidad y les informaron que a Andrade lo matarían por sapo.
A lo lejos se escuchó una voz que intervino diciendo: No lo maten denle otra oportunidad, y uno de los representantes de la guerrilla contestaba: ¡No! A él se le han dado varias oportunidades y se le ha llamado la atención, la orden es matarlo, y otra voz a lo lejos se oyó que dijo: pero no lo maten aquí, háganlo lejos, mire hay niños y mujeres, y el representante manifestó: ¡está bien! pero luego de 15 minutos le avisaremos y daremos la orden para que lo vengan a recoger.
Mientras tanto la familia del señor Víctor continuaba en su granja ignorante del aquel trágico suceso, a Víctor le estaba dando el ultimo adiós a este mundo. En la incertidumbre, el miedo y la ansiedad de muchos, se sintió el fuerte disparo provocado por el arma de estos individuos, a los 15  minutos tal cual había prometido el representante, fueron a buscar a Andrade y en un intenso llanto se inundó toda esta comunidad al ver el cadáver de Víctor con todos los sesos regados en todo el suelo.
De inmediato avisaron a sus familiares quienes eran desconocedores de la situación anterior y como mencionó una vez el discípulo Santo Tomás hasta que no ver no creer. Sus hijos y su esposa lloraron y lloraron a su familiar que de la manera más inesperada los abandonaría para siempre. 
Los familiares de Víctor recogieron el cadáver y con un gran resentimiento con las personas que sabían de la situación y no les informaron nada, se fueron, y según José Franco hasta el sol de hoy, nunca más se supo el paradero de ellos.
Muchas personas que vivían cerca del lugar prefirieron marcharse porque las amenazas a muerte fueron incrementándose desde aquel entonces. Aura y su familia, tiempo después también recibieron amenazas por este grupo que declaraban que cuando ellos venían a la ciudad a vender los productos como yuca, huevos y demás, también informaban sobre ellos y que era mejor que se marcharan o ya tendrían que tomar medidas más drásticas. 
Aura y José, determinaron que sin duda alguna que la decisión correcta era obedecer a la orden anterior. Con tristeza y dolor se despidieron de sus tierras que les proporcionaba el pan de cada día y pensar en que en la cuidad debían empezar desde cero era una idea que los atemorizaba.
A pesar de todo, el espíritu perseverante de Aura y su esposo José los sacaron adelante. Aura se dedicó a la modistería y José empezó a trabajar en el cuerpo de bomberos, ellos nos muestran como con esfuerzo y valentía se puede salir adelante.
Actualmente, residen en el barrio Manzanares en la carrera quinta con 33 y aún se conserva el calor de una dulce familia que sigue unida.

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