Una
mirada desde el cerro
El desarrollo de ‘la Perla
del Caribe’ a través de los ojos de la virgencita
Santa
Marta en la actualidad es sinónimo de crecimiento y modernización, dos aspectos
fundamentales para poder afirmar, con orgullo, que nuestra ciudad definitivamente
sí es ‘la magia de tenerlo todo’.
Por Danya Balero
Visitar el cerro de la virgen de la Medalla Milagrosa,
ubicado en el barrio El Cundí de Santa Marta, es una experiencia fascinante,
mejor aún si el recorrido se realiza acompañado de amigos o de la familia y en
las horas de la mañana. Aunque ya no sea tan visitado y su abandono es notable
a simple vista, más allá de la connotación tan negativa que tiene entre los
habitantes del sector, debido a la constante ola de delincuencia y drogadicción
que se vive a los alrededores, hace parte del patrimonio cultural y religioso
de nuestra ciudad.
Mientras se recorre el
empinado camino, y ya en sus alturas, que se encuentran aproximadamente a diez
minutos del punto de partida, se divisa la mezcla y el mágico contraste entre
una Santa Marta arquitectónicamente colonial,
como es el vivo caso de La Catedral, con su imponente presencia
personificada en sus altas y blancas
paredes, o del Liceo Celedón, de vibrante color amarillo, que en sus interiores
evoca las memorias y anécdotas juveniles inmortalizadas en las composiciones de Rafael
Escalona; y una Santa Marta creciente, moderna y de futuro prometedor.
Pero la verdadera testiga de
este desarrollo exponencial que ha tenido la ciudad, y toda su historia en
conjunto desde finales de la década de los años cuarenta, es la escultura de la
virgen de la Santa Madre de la Medalla Milagrosa, elaborada por Antonio Esteban
Sánchez, el primer graduado en Artes del país y orgullosamente magdalenense.
El cerro, que consta de una
privilegiada ubicación central, fácil acceso, corto y cómodo recorrido y
además, deliciosas y dulces brisas características del caribe, se considera
como un símbolo de vigilancia y divina protección, gracias a la escultura de la
virgencita, que se posa radiante con los brazos abiertos entre su túnica blanca
y vestiduras azules, a juego de los mares, los cielos y la bandera, pareciera
exaltar el espíritu amable, apacible y servicial de los samarios. Es allí mismo
donde los devotos celebran la conmemoración de su fiesta cada 27 de noviembre
mediante una eucaristía y la entrega de ofrendas como arreglos florales y
velas, aludiendo agradecimientos y peticiones.
Si la virgencita hablara y
contara todo lo que por sus ojos ha pasado: el transcurrir de generaciones enteras,
las historias de enamorados que a sus pies congregan su amor, las plegarias de
madres que, entre sollozos y llanto, ponen a su voluntad el futuro de su
petición, y en general el crecimiento de ´una ciudad dos veces santa’ que ha
logrado combinar su rica historia con las ganas de seguir adelante, enseñaría
a pensar y actuar a favor de dicho
desarrollo. Reflexionaría acerca de las obligaciones de los ciudadanos desde
situaciones tan formales como la elección de gobernantes, que al fin y al cabo
son ellos los administradores tanto de las riquezas materiales como históricas de
la región, hasta situaciones tan comunes y cotidianas como botar basura y
desperdicios en las playas.
En resumen, haría énfasis en la importancia del sentido de
pertenencia como base para la construcción de una Santa Marta mejor; es cierto
que la ciudad ha crecido en todos los aspectos físicos (autopistas, establecimientos
educativos, zonas turísticas, urbanizaciones, centros comerciales), pero en la
población, en conjunto con los representantes, está la decisión de continuar, o
no, con aquellos proyectos de actualización, proyectos que solidificarán el
estribillo que acompaña popularmente a su nombre: ´la magia de tenerlo todo’.

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