viernes, 11 de abril de 2014

Balero Danya, Cerro El Cundì

Una mirada desde el cerro

El desarrollo de ‘la Perla del Caribe’ a través de los ojos de la virgencita
Santa Marta en la actualidad es sinónimo de crecimiento y modernización, dos aspectos fundamentales para poder afirmar, con orgullo, que nuestra ciudad definitivamente sí es ‘la magia de tenerlo todo’.

 Por Danya Balero

Visitar el  cerro de la virgen de la Medalla Milagrosa, ubicado en el barrio El Cundí de Santa Marta, es una experiencia fascinante, mejor aún si el recorrido se realiza acompañado de amigos o de la familia y en las horas de la mañana. Aunque ya no sea tan visitado y su abandono es notable a simple vista, más allá de la connotación tan negativa que tiene entre los habitantes del sector, debido a la constante ola de delincuencia y drogadicción que se vive a los alrededores, hace parte del patrimonio cultural y religioso de nuestra ciudad.

Mientras se recorre el empinado camino, y ya en sus alturas, que se encuentran aproximadamente a diez minutos del punto de partida, se divisa la mezcla y el mágico contraste entre una Santa Marta arquitectónicamente colonial,  como es el vivo caso de La Catedral, con su imponente presencia personificada en sus altas y  blancas paredes, o del Liceo Celedón, de vibrante color amarillo, que en sus interiores evoca las memorias y anécdotas juveniles  inmortalizadas en las composiciones de Rafael Escalona; y una Santa Marta creciente, moderna y de futuro prometedor.

Pero la verdadera testiga de este desarrollo exponencial que ha tenido la ciudad, y toda su historia en conjunto desde finales de la década de los años cuarenta, es la escultura de la virgen de la Santa Madre de la Medalla Milagrosa, elaborada por Antonio Esteban Sánchez, el primer graduado en Artes del país y orgullosamente magdalenense.

El cerro, que consta de una privilegiada ubicación central, fácil acceso, corto y cómodo recorrido y además, deliciosas y dulces brisas características del caribe, se considera como un símbolo de vigilancia y divina protección, gracias a la escultura de la virgencita, que se posa radiante con los brazos abiertos entre su túnica blanca y vestiduras azules, a juego de los mares, los cielos y la bandera, pareciera exaltar el espíritu amable, apacible y servicial de los samarios. Es allí mismo donde los devotos celebran la conmemoración de su fiesta cada 27 de noviembre mediante una eucaristía y la entrega de ofrendas como arreglos florales y velas, aludiendo agradecimientos y peticiones.

Si la virgencita hablara y contara todo lo que por sus ojos ha pasado: el transcurrir de generaciones enteras, las historias de enamorados que a sus pies congregan su amor, las plegarias de madres que, entre sollozos y llanto, ponen a su voluntad el futuro de su petición, y en general el crecimiento de ´una ciudad dos veces santa’ que ha logrado combinar su rica historia con las ganas de seguir adelante, enseñaría a  pensar y actuar a favor de dicho desarrollo. Reflexionaría acerca de las obligaciones de los ciudadanos desde situaciones tan formales como la elección de gobernantes, que al fin y al cabo son ellos los administradores tanto de las riquezas materiales como históricas de la región, hasta situaciones tan comunes y cotidianas como botar basura y desperdicios  en las playas.

En resumen,  haría énfasis en la importancia del sentido de pertenencia como base para la construcción de una Santa Marta mejor; es cierto que la ciudad ha crecido en todos los aspectos físicos (autopistas, establecimientos educativos, zonas turísticas, urbanizaciones, centros comerciales), pero en la población, en conjunto con los representantes, está la decisión de continuar, o no, con aquellos proyectos de actualización, proyectos que solidificarán el estribillo que acompaña popularmente a su nombre: ´la magia de tenerlo todo’.




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